La llamada que lo cambió todo Parte 3

PARTE 3: EL PRECIO DE LA VERDAD

Capítulo 9: El secuestro

El protocolo Valente acababa de activarse cuando todas las alarmas del edificio comenzaron a sonar.

Victoria apenas tuvo tiempo de reaccionar.

—¡Señora Valente, tenemos una emergencia! —gritó uno de los guardias entrando en la sala.

—¿Qué ocurrió?

El hombre estaba pálido.

—Su padre.

Victoria se levantó de golpe.

—¿Qué pasa con mi padre?

—Lo encontramos… pero alguien se lo llevó.

El silencio fue absoluto.

Victoria sintió que las piernas le temblaban.

—¿Cómo que se lo llevaron?

El guardia le entregó una tableta.

En la pantalla aparecía una grabación.

Su padre estaba sentado en una silla, con las manos atadas y el rostro golpeado.

—¡Papá!

La grabación continuó.

Entonces apareció el tío de Victoria.

—Tienes seis horas para entregarme el control de Grupo Valente.

Victoria apretó los dientes.

—¡Maldito!

La voz del hombre continuó:

—Si intentas acudir a la policía, tu padre muere.

La grabación terminó.

Victoria quedó inmóvil.

Alejandro se acercó.

—Victoria…

—No me toques.

—Solo quiero ayudarte.

Ella lo miró con furia.

—¿Ayudarme? Tu familia destruyó mi vida y ahora tienen secuestrado a mi padre.

Alejandro bajó la mirada.

—Yo no sabía nada.

Victoria estaba a punto de responder cuando su teléfono vibró.

Un mensaje.

«No confíes en nadie. El secuestrador está dentro de tu equipo.»

Victoria levantó lentamente la cabeza.

Miró a sus abogados.

A los guardias.

A Alejandro.

Y por primera vez comprendió algo aterrador:

El enemigo no estaba afuera.

Estaba dentro.


Capítulo 10: La traición inesperada

Victoria reunió a las personas de mayor confianza en una sala privada.

Su abogado principal cerró las puertas.

—Nadie saldrá de aquí hasta descubrir quién está filtrando información.

Todos se miraban con desconfianza.

Entonces Victoria colocó un teléfono sobre la mesa.

—Hace diez minutos envié tres ubicaciones falsas.

El abogado frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque quiero saber cuál llegará al secuestrador.

Pasaron apenas veinte minutos.

Uno de los teléfonos comenzó a sonar.

Victoria miró la pantalla.

Era el número del jefe de seguridad.

Todos quedaron paralizados.

—Contesta —ordenó Victoria.

El hombre respondió.

—¿Sí?

Una voz desconocida preguntó:

—¿Ya tienen la ubicación?

Victoria levantó la mano.

Los guardias rodearon al hombre.

—¡Suéltame! —gritó él.

Victoria se acercó.

—¿Dónde está mi padre?

—No sé de qué hablas.

—Entonces explícame por qué acabas de llamar al hombre que lo tiene secuestrado.

El jefe de seguridad comenzó a llorar.

—¡No tuve elección!

—Siempre existe una elección.

—¡Tienen a mi hija!

Victoria se quedó en silencio.

El hombre sacó una fotografía.

Una joven estaba amordazada y atada.

—Me obligaron a trabajar para ellos.

Victoria tomó la fotografía.

—¿Quién está detrás?

El hombre cerró los ojos.

—La persona que menos imaginas.

Victoria frunció el ceño.

—¿Quién?

El hombre señaló lentamente hacia la puerta.

Todos se giraron.

Allí estaba…

el abogado de Victoria.

El hombre que la había acompañado desde el primer día.

El mismo que había llamado «señora Valente» con absoluta lealtad.

Victoria lo miró horrorizada.

—Tú…

El abogado sonrió.

—Lo siento, Victoria.

Sacó un arma.

—Pero tu padre me paga mucho más de lo que tú podrías imaginar.


Capítulo 11: La verdad sobre Alejandro

Los guardias levantaron sus armas.

Pero el abogado ya tenía una ventaja.

—Si alguien dispara, el padre de Victoria muere.

Victoria levantó la mano.

—Bajen las armas.

El abogado sonrió.

—Siempre fuiste inteligente.

Alejandro observaba la escena completamente confundido.

—¿Por qué haces esto?

El abogado lo miró.

—Porque tú también eres parte del plan.

Alejandro palideció.

—¿Qué estás diciendo?

El hombre soltó una carcajada.

—¿De verdad creíste que tu matrimonio con Victoria ocurrió por casualidad?

Alejandro negó con la cabeza.

—No.

—Tu padre recibió dinero para acercarte a ella.

Alejandro quedó inmóvil.

—Eso es mentira.

—Tu madre también.

—¡Cállate!

—Alejandro, durante dos años creíste que estabas construyendo tu propio imperio.

El abogado se acercó.

—Pero nunca fuiste el heredero.

Victoria miró a Alejandro.

—¿Qué significa eso?

El abogado respondió:

—Tu tío utilizó a Alejandro para entrar en la empresa, controlar las cuentas y destruir la reputación de la familia Valente desde dentro.

Alejandro comenzó a respirar con dificultad.

—No…

—Y cuando terminara de utilizarte, pensaba culparte de todos los fraudes.

El rostro de Alejandro se descompuso.

—¿Iban a dejarme como único responsable?

—Exactamente.

Alejandro cayó lentamente sobre una silla.

Toda su vida había sido una mentira.

Su madre.

Su matrimonio.

Su fortuna.

Incluso la supuesta herencia.

Todo había sido diseñado para convertirlo en un chivo expiatorio.

Victoria lo observó en silencio.

Por primera vez sintió algo inesperado.

No compasión.

Sino una terrible certeza.

Alejandro también había sido una víctima.


Capítulo 12: La última llamada

El teléfono del abogado comenzó a sonar.

Era el tío de Victoria.

—Ponme en altavoz —ordenó Victoria.

El abogado obedeció.

La voz del hombre llenó la habitación.

—Victoria, espero que finalmente hayas entendido.

—¿Dónde está mi padre?

—A salvo… por ahora.

—¿Qué quieres?

—Lo mismo que siempre quiso tu padre: el control absoluto de Grupo Valente.

Victoria apretó los puños.

—Nunca lo tendrás.

—Entonces tu padre morirá.

Alejandro levantó la mirada.

—¡No!

Todos lo miraron.

Alejandro se acercó al teléfono.

—¡Escúchame! Si quieres a alguien, tómame a mí.

Silencio.

El hombre comenzó a reír.

—Pobre Alejandro.

—¿Qué quieres decir?

—Ni siquiera entiendes por qué te elegimos.

Alejandro quedó paralizado.

—¿Por qué?

La respuesta fue devastadora.

—Porque eres hijo mío.

Victoria abrió los ojos.

Alejandro dejó de respirar.

—¿Qué?

El hombre continuó:

—Tu madre te mintió toda tu vida. Yo soy tu verdadero padre.

Alejandro retrocedió.

—No…

Beatriz, que permanecía escondida en el pasillo, entró lentamente.

Victoria la miró.

—Dime que eso es mentira.

Beatriz rompió a llorar.

—No lo es.

Alejandro la miró con los ojos llenos de rabia.

—¿Tú lo sabías?

Beatriz no pudo responder.

—¡¿TÚ LO SABÍAS?!

—Perdóname, hijo.

Alejandro cayó de rodillas.

—Toda mi vida…

Respiró entrecortadamente.

—Toda mi vida pensé que era un Valente.

Victoria se acercó lentamente.

Pero antes de que pudiera decir algo, el teléfono volvió a sonar.

Era un video.

Victoria lo abrió.

Su padre apareció nuevamente.

Pero esta vez no estaba solo.

A su lado estaba el tío.

Y detrás de ellos había otra persona.

Victoria palideció.

—No puede ser…

Alejandro levantó la mirada.

—¿Quién es?

Victoria respondió con la voz quebrada:

—Mi madre.

Alejandro quedó paralizado.

—¿Tu madre está viva?

Victoria no respondió.

En el video, su madre sonrió.

—Hola, hija.

La pantalla se apagó.

Victoria sintió que el mundo entero acababa de derrumbarse.

Su padre estaba secuestrado.

Su madre estaba viva.

Alejandro era hijo del enemigo.

Y la persona que durante años había considerado muerta acababa de regresar para reclamar algo que Victoria jamás imaginó.

El apellido Valente.

Victoria levantó la cabeza.

Sus ojos ya no tenían miedo.

—Que preparen todos los vehículos.

Alejandro la miró.

—¿A dónde vamos?

Victoria tomó las llaves de su automóvil.

—A rescatar a mi padre.

Hizo una pausa.

—Y esta vez no voy a negociar.

—¿Entonces qué vas a hacer?

Victoria miró hacia la oscuridad de la ciudad.

—Voy a destruir a todos los que convirtieron mi vida en una mentira.

Y mientras salían del edificio, el teléfono de Victoria recibió un último mensaje.

«Si quieres salvar a tu padre, ven sola.»

Victoria leyó el mensaje.

Sonrió con frialdad.

—Quieren que vaya sola.

Alejandro preguntó:

—¿Y vas a obedecer?

Victoria guardó el teléfono.

—No.

Miró a los hombres que la acompañaban.

—Voy a hacer algo mucho peor.

Voy a llevarles una guerra.

Continuará

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