La madre descubrió cómo trataban a su hija. y tomó una decisión que cambió todo Parte 4

Elena permaneció inmóvil frente a su hermana, incapaz de aceptar lo que acababa de escuchar. Durante años había confiado en ella como si fueran una sola persona. Habían compartido secretos, lágrimas, problemas y hasta los momentos más difíciles de sus matrimonios. Sin embargo, ahora descubría que aquella mujer podía estar relacionada con la muerte de su esposo. VER VIDEO COMPLETO 👇

—Dime que José está mintiendo —dijo Elena con la voz quebrada. Su hermana levantó lentamente la mirada, pero no pudo sostenerle los ojos. El silencio fue suficiente para que Elena comprendiera que aquella acusación escondía una verdad mucho más dolorosa. Entonces dio un paso hacia ella y preguntó nuevamente.

—¿Fuiste tú quien escribió esa carta?

Su hermana comenzó a llorar en silencio, apretando las manos contra su pecho. Elena esperaba una negación, una explicación, cualquier cosa que pudiera devolverle un poco de tranquilidad. Pero después de varios segundos, aquella mujer finalmente respondió con una voz apenas audible. —Sí, Elena… fui yo quien escribió esa carta.

Elena sintió que algo dentro de ella se rompía en mil pedazos. No podía creer que su propia hermana hubiera utilizado el nombre de su esposo para sembrar dudas en su corazón. Durante años había pensado que su familia era el único lugar donde podía refugiarse. Ahora comprendía que quizás las personas que más había amado eran precisamente quienes más secretos le habían ocultado.

—¿Por qué? —preguntó Elena mientras las lágrimas comenzaban a recorrer su rostro. —¿Por qué me hiciste creer que mi esposo desconfiaba de mí? Su hermana bajó la mirada y respondió entre sollozos. —Porque necesitábamos que encontraras esa carta antes de que descubrieras algo mucho más peligroso.

Elena frunció el ceño y miró hacia José. —¿Qué significa eso? José respiró profundamente, como si hubiera estado esperando aquel momento durante años. Después tomó una silla y se sentó lentamente. —Significa que todavía no conoces toda la verdad sobre la noche en que murió tu esposo.

—¿Qué más pueden ocultarme? —preguntó Elena desesperada. —Ya me dijeron que mi esposo descubrió los robos, que su hermano estaba involucrado y que ustedes intentaron quedarse con su propiedad. ¿Qué puede ser peor que eso? José levantó la mirada y pronunció unas palabras que dejaron a todos paralizados.

—Tu esposo no murió a la hora que aparece en el certificado de defunción.

Elena sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. —¿Qué acabas de decir? José sacó lentamente unos documentos de una carpeta vieja. —La hora de su muerte fue modificada. Alguien alteró los registros para hacer creer que había muerto varias horas antes de lo que realmente ocurrió.

La hija de Elena se acercó a la mesa y tomó uno de los documentos. Sus ojos recorrieron rápidamente las fechas y las firmas. —Mamá, aquí hay algo extraño. La hora que aparece en este documento no coincide con la hora que nos dieron aquella noche. Elena tomó el papel y comenzó a leerlo detenidamente.

—Entonces alguien falsificó el certificado.

—Sí —respondió José—. Y quien lo hizo sabía exactamente lo que estaba intentando ocultar. Elena levantó la mirada y sintió que una nueva pregunta comenzaba a atormentarla. —¿Por qué necesitaban cambiar la hora de su muerte?

José permaneció callado durante varios segundos.

—Porque durante esas horas tu esposo estuvo con alguien.

Elena sintió que el corazón le daba un golpe.

—¿Con quién?

Su hermana comenzó a llorar nuevamente.

—Conmigo.

Elena retrocedió como si hubiera recibido una bofetada. —¡No! —gritó—. ¡Eso no puede ser verdad! Su hermana se levantó lentamente y caminó hacia ella. —Tu esposo vino a verme aquella noche porque sabía que yo estaba involucrada con su hermano.

—¿Involucrada en los robos? —preguntó Elena.

—Sí.

La confesión cayó sobre la habitación como una sentencia. Elena recordó todas las veces que su hermana había visitado a su esposo sin explicarle el motivo. Recordó también las llamadas que interrumpían conversaciones familiares y las reuniones secretas que siempre terminaban cuando ella aparecía.

—¿Desde cuándo?

—Desde hacía casi dos años —respondió su hermana.

Elena negó con la cabeza.

—Dos años…

—Yo no sabía al principio lo que realmente estaban haciendo. Me dijeron que solamente estaban moviendo dinero de una cuenta a otra para evitar problemas con los impuestos. Después descubrí que estaban sacando dinero de la empresa y utilizando documentos falsificados.

—¿Y aun así continuaste ayudándolos?

Su hermana cerró los ojos.

—Tuve miedo.

Elena soltó una amarga sonrisa.

—Todos tienen miedo cuando hacen algo malo.

—No era solamente miedo por mí —respondió su hermana—. Me amenazaron con destruir a mi familia.

José intervino.

—A todos nos amenazaron.

Elena lo miró con desprecio.

—No intentes justificarte.

—No estoy intentando justificarme —respondió José—. Estoy intentando que entiendas por qué nadie habló.

Elena golpeó la mesa.

—¡Mi esposo murió!

Su voz hizo que todos guardaran silencio.

—¡Mientras ustedes tenían miedo, él estaba luchando solo!

Nadie respondió.

Elena respiró profundamente y tomó nuevamente la fotografía donde aparecían José, el hermano de su esposo y aquella tercera persona cuyo rostro permanecía oculto.

—Quiero saber quién es esa persona.

Su hermana miró la fotografía.

—No deberías saberlo.

—Ya no me importa lo que debería o no debería saber.

—Entonces prepárate —respondió ella—, porque cuando descubras quién es, quizá desees no haber preguntado.

Elena acercó la fotografía a sus ojos.

—Ese reloj pertenecía a mi esposo.

—Sí.

—Entonces él se lo dio a esa persona.

José asintió.

—Tu esposo sabía que lo estaban siguiendo. Había descubierto que alguien dentro de la familia estaba entregando información a su hermano.

—¿Quién?

—No lo sabemos con certeza.

Elena lo miró fijamente.

—¿Cómo que no lo saben?

—Porque tu esposo estaba investigándolo.

—Tenía una lista de personas sospechosas.

Elena sintió un escalofrío.

—¿Dónde está esa lista?

José guardó silencio.

—¡¿Dónde está?!

—Desapareció después de su muerte.

—Entonces alguien la robó.

—Sí.

Elena miró a su hermana.

—¿Tú la viste?

Su hermana asintió lentamente.

—Sí.

—¿Cuántos nombres había?

—Siete.

—¿Y el mío?

Su hermana comenzó a llorar.

—Sí, Elena.

La respuesta dejó a todos en silencio.

—¿Mi esposo sospechaba de mí?

—No exactamente —respondió ella—. Tu nombre estaba en la lista porque él quería investigar todas las personas que tenían acceso a los documentos de la empresa.

Elena respiró aliviada durante apenas unos segundos.

Pero entonces su hermana agregó:

—Había una anotación junto a tu nombre.

—¿Qué decía?

La mujer sacó un pequeño papel doblado de su bolso.

—Decía: “Ella no sabe nada. Hay que protegerla”.

Elena comenzó a llorar.

—Entonces mi esposo todavía confiaba en mí.

—Más que en cualquier otra persona —respondió José.

En ese instante, la hija de Elena recordó algo.

—Mamá, hay algo que nunca te conté.

Elena se giró hacia ella.

—¿Qué?

—La noche después del funeral encontré el teléfono de papá escondido debajo de una tabla en su oficina.

—¿Y por qué nunca me lo dijiste?

La joven bajó la mirada.

—Porque tenía miedo.

—¿Qué había en ese teléfono?

—Una grabación.

Elena sintió que el corazón volvía a acelerarse.

—¿La tienes?

La joven sacó su teléfono y comenzó a buscar entre varios archivos.

—La guardé porque no sabía qué hacer.

Finalmente encontró el archivo.

—Escúchala.

La grabación comenzó con varios segundos de silencio.

Después apareció la voz de su esposo.

—Si alguien encuentra este teléfono, significa que probablemente ya estoy muerto.

Elena llevó una mano a su boca.

—Elena, si eres tú quien escucha esto, necesito que me perdones por no haberte contado la verdad.

Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Elena.

—No confíes en las personas que están intentando ayudarte.

La grabación continuó.

—Algunas de ellas están intentando protegerte, pero otras están intentando protegerse a sí mismas.

De repente se escuchó un golpe.

Luego la voz de un hombre.

—¿Qué haces aquí?

La grabación terminó.

Elena golpeó la mesa.

—¡No!

Todos quedaron inmóviles.

—¡Necesito escuchar el resto!

La hija negó con la cabeza.

—Ese es el único archivo que encontré.

José miró hacia la ventana.

—Entonces alguien eliminó el resto.

Elena se levantó.

—¿Quién tenía acceso a ese teléfono?

Nadie respondió.

Entonces la puerta volvió a recibir tres golpes.

Todos se quedaron paralizados.

José palideció.

—No abras.

Elena caminó lentamente hacia la entrada.

—¿Quién está ahí?

Una voz masculina respondió desde el otro lado.

—Elena, soy yo.

Ella reconoció inmediatamente aquella voz.

Era el abogado de su esposo.

Elena abrió la puerta.

El hombre estaba parado frente a ella con una carpeta negra en la mano.

—Tenemos que hablar —dijo él.

—¿Sobre qué?

El abogado entró y cerró la puerta detrás de sí.

—Sobre la verdadera causa de la muerte de su esposo.

Elena sintió un nudo en la garganta.

—¿Usted sabe quién lo mató?

El abogado dejó la carpeta sobre la mesa.

—Sé quién estuvo con él durante sus últimos minutos de vida.

José se levantó rápidamente.

—No puedes decirlo.

El abogado lo miró con frialdad.

—Ya no tienes derecho a decidir qué debe saber Elena.

Después abrió la carpeta.

Dentro había varias fotografías.

Una mostraba a su esposo entrando en un automóvil.

Otra lo mostraba hablando con una mujer.

Y la última fotografía hizo que Elena se quedara completamente congelada.

—Esa mujer…

Su hermana bajó la mirada.

—Sí.

—Es nuestra madre.

Elena dejó caer las fotografías.

—¿Mi madre estaba con mi esposo la noche que murió?

El abogado asintió.

—Y eso no es lo peor.

Elena levantó lentamente la mirada.

—¿Qué puede ser peor?

El abogado sacó una memoria USB.

—Su esposo dejó una segunda grabación.

—¿Dónde está?

—Aquí.

—¿Por qué no la entregó antes?

El abogado miró hacia José.

—Porque recibí una amenaza.

José comenzó a temblar.

—¿Qué amenaza?

El abogado respondió:

—Me dijeron que si entregaba esa grabación, matarían a la persona que Elena más ama.

Elena sintió que el corazón se le detenía.

—¿A quién?

El abogado la miró directamente.

—A tu hija.

La joven comenzó a llorar.

Elena se colocó delante de ella.

—Nadie va a tocar a mi hija.

El abogado negó con la cabeza.

—Eso mismo dijo tu esposo antes de morir.

—¿Qué quiso decir?

El abogado conectó la memoria al computador.

La pantalla quedó en negro.

Después apareció la voz de su esposo.

—Elena, si estás escuchando esto, ya descubriste que mi muerte no fue un accidente.

Elena cerró los ojos.

—Pero hay algo que nunca te conté.

La voz continuó.

—La persona que está detrás de todo esto no quiere mi dinero.

La habitación quedó en completo silencio.

—Quiere algo mucho más importante.

Elena abrió los ojos.

La grabación continuó:

—Quiere encontrar a mi hija.

Elena miró inmediatamente hacia su hija.

—¿Por qué?

La voz de su esposo respondió:

—Porque ella es la única persona que sabe dónde está el verdadero documento que puede destruirlos.

La grabación se detuvo.

Elena quedó completamente paralizada.

—¿Qué documento?

El abogado respondió:

—El testamento original.

José bajó la cabeza.

—No…

Elena lo miró.

—¿Qué sabes?

José comenzó a llorar.

—Tu esposo cambió su testamento tres días antes de morir.

—¿Y qué dejó escrito?

José levantó la mirada.

—Que toda su fortuna debía pasar a una persona que nadie esperaba.

Elena sintió un escalofrío.

—¿A quién?

José respiró profundamente.

—A tu hija.

La joven comenzó a llorar.

Pero entonces el abogado sacó otro documento.

—Hay un problema.

Elena lo miró.

—¿Cuál?

—El testamento original desapareció.

—¿Quién lo tiene?

El abogado señaló lentamente hacia la puerta.

—La persona que acaba de llegar.

Todos se giraron al mismo tiempo.

Un hombre estaba parado en la entrada.

Elena lo reconoció inmediatamente.

Era su hijo.

El mismo hijo cuyo nombre aparecía en la última página de los documentos.

Él levantó la mirada y dijo:

—Mamá… hay algo que necesito confesarte.

Elena sintió que el mundo se detenía.

—¿Tú sabes dónde está el testamento?

Su hijo respiró profundamente.

—Sí.

—¿Dónde?

Él miró a todos los presentes y respondió:

—Lo enterré con mi padre.

Elena quedó horrorizada.

—¿Qué hiciste?

Su hijo comenzó a llorar.

—Porque papá me pidió que lo escondiera antes de morir.

Elena dio un paso hacia él.

—Entonces tú sabías lo que estaba pasando.

El joven negó con la cabeza.

—Sabía una parte.

—Pero no sabía quién quería matarlo.

El abogado se quedó mirando al muchacho.

—¿Y ahora lo sabes?

El hijo de Elena levantó lentamente la mirada.

—Sí.

Todos esperaron su respuesta.

Entonces señaló directamente a la hermana de Elena.

—Ella sabe quién dio la orden.

La mujer comenzó a temblar.

Elena se giró hacia su hermana.

—¿Es verdad?

Su hermana cerró los ojos.

Y después de varios segundos respondió:

—Sí.

Elena sintió que las piernas le fallaban.

—Entonces habla.

Su hermana lloró y dijo:

—La persona que ordenó matar a tu esposo…

Hizo una pausa.

—No está en esta casa.

Elena frunció el ceño.

—¿Dónde está?

Su hermana levantó la mirada hacia la ventana.

—Está esperando afuera.

En ese instante, las luces de la casa se apagaron.

Se escuchó un fuerte ruido en el patio.

Y después…

Un disparo.

Elena gritó desesperada.

—¡Mi hija!

Cuando las luces volvieron, la joven había desaparecido.

Sobre la mesa solamente quedaba una nota.

Elena la tomó con manos temblorosas.

Solo tenía una frase:

“Ahora sabes demasiado. Si quieres volver a ver a tu hija, trae el testamento.”

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