Engaño a su esposo con su mejor amigo y lo pagó muy caro Parte final
Parte Final — La verdad que nadie esperaba
Andrés se quedó mirando a Daniel sin poder pronunciar una sola palabra. Mariana comenzó a llorar mientras repetía que todo tenía una explicación, pero su esposo ya no quería escuchar más excusas. Daniel, nervioso, sacó su teléfono y lo colocó sobre la mesa. —Antes de que me golpees o me culpes por todo, mira estos mensajes —dijo con voz firme. Andrés tomó el teléfono y comenzó a leer.
En la pantalla aparecían decenas de conversaciones entre Mariana y Daniel. Pero había algo que llamó especialmente su atención. Muchas de esas conversaciones habían comenzado meses antes, cuando Andrés todavía confiaba ciegamente en su esposa. —¿Por qué me estás mostrando esto? —preguntó Andrés. Daniel respiró profundamente y respondió: —Porque yo también fui engañado.
Mariana se levantó desesperada. —¡Cállate, Daniel! ¡No tienes derecho a contarle nada! Andrés la miró sorprendido. —¿Qué significa eso? ¿Qué es lo que no quieres que sepa? Mariana comenzó a temblar, mientras Daniel continuaba hablando. —Tu esposa no se acercó a mí por amor. Se acercó a mí porque quería algo que solamente tú podías darle.
Andrés sintió que una sensación de frío recorría todo su cuerpo. —¿Qué quería? —preguntó. Daniel miró directamente a Mariana y dijo: —Quería tus documentos. Quería información de tu empresa, tus cuentas y las propiedades que tienes a tu nombre. Andrés palideció. Durante años había construido su negocio con esfuerzo, y jamás imaginó que la persona que dormía a su lado pudiera estar buscando destruirlo.
—¡Eso es mentira! —gritó Mariana. —¡No le creas! Daniel la señaló con el teléfono. —Entonces explícame estos mensajes. Tú misma me dijiste que necesitabas saber dónde guardaba Andrés los documentos de la empresa. Me pediste que te ayudara a conseguirlos. Y también me dijiste que, cuando terminaras con él, te irías conmigo.
Andrés cerró los ojos durante unos segundos. Todas las pequeñas cosas que había ignorado comenzaron a tener sentido. Las llamadas que Mariana hacía a escondidas, las preguntas sobre sus cuentas, las veces que ella insistía en saber cuánto dinero tenía disponible. Todo había sido parte de un plan.
—¿Desde cuándo? —preguntó Andrés con la voz quebrada. Mariana no respondió. —¡Te estoy preguntando desde cuándo! —gritó él. Ella finalmente bajó la mirada y respondió entre lágrimas: —Desde hace casi un año.
Andrés se quedó completamente destrozado. —Casi un año… —repitió. —Durante casi un año me miraste a los ojos, dormiste conmigo, me dijiste que me amabas y después venías aquí a planear cómo quitarme lo que era mío. Mariana comenzó a llorar desconsoladamente, pero Andrés ya no sentía compasión.
Entonces Daniel dijo algo todavía más impactante. —Hay algo que tampoco sabes, Andrés. Yo no fui el único hombre con el que Mariana estuvo hablando. Andrés levantó la mirada inmediatamente. —¿Qué acabas de decir? Daniel tragó saliva. —Había otro hombre. Alguien mucho más cercano a ti.
Mariana se llevó las manos al rostro. —Daniel, por favor… no. Pero él continuó. —Ella me dijo que ese hombre era quien realmente estaba detrás de todo. Andrés sintió que el corazón se le aceleraba. —¿Quién? —preguntó desesperado.
Daniel guardó silencio durante unos segundos y finalmente pronunció un nombre que hizo que Andrés sintiera que el mundo se le venía encima. —Tu propio hermano. Andrés quedó paralizado. Su hermano había sido la persona en quien más confiaba después de su esposa.
—No puede ser… —susurró Andrés. —Mi hermano jamás haría algo así. Daniel negó lentamente con la cabeza. —Yo tampoco quería creerlo. Pero él fue quien le dio a Mariana información sobre tus negocios. Él fue quien le explicó cómo mover ciertas propiedades sin que tú lo notaras.
Mariana comenzó a gritar desesperadamente: —¡No fue así! ¡Yo no quería hacerte daño! Andrés la miró con lágrimas en los ojos. —Entonces dime la verdad. Por una vez en tu vida, dime la verdad.
Mariana se derrumbó sobre la silla. Después de unos segundos, levantó la cabeza y confesó: —Sí. Tu hermano me buscó. Me dijo que si conseguía que tú firmaras unos documentos, podía quedarse con una parte de la empresa. Yo acepté porque… porque pensé que después tendría suficiente dinero para comenzar una nueva vida.
Andrés no podía creerlo. —¿Y yo qué era para ti? —preguntó. Mariana lloró y respondió: —Al principio te amaba. Pero después todo cambió.
Andrés se acercó lentamente a ella. —No. No cambió el amor. Cambiaste tú. Y mientras yo confiaba en ti, tú estabas destruyendo nuestra vida desde adentro.
En ese momento, el teléfono de Andrés comenzó a sonar. Miró la pantalla y vio el nombre de su hermano. Nadie dijo una palabra. Andrés contestó y activó el altavoz.
—¿Ya está todo listo? —preguntó su hermano al otro lado de la línea. Andrés permaneció en silencio. El hombre continuó hablando sin imaginar que estaba siendo escuchado. —Mariana, recuerda que mañana tiene que firmar. Si Andrés firma esos documentos, la empresa será nuestra.
El restaurante quedó completamente en silencio.
Mariana cerró los ojos. Daniel miró a Andrés. Y Andrés, con una calma aterradora, respondió finalmente: —Gracias, hermano. Acabas de decir exactamente lo que necesitaba escuchar.
Del otro lado de la línea hubo un silencio absoluto. —¿Andrés? —preguntó su hermano nerviosamente. —Sí —respondió él—. Y ahora quiero que vengas al restaurante. Tenemos muchas cosas de qué hablar.
Andrés colgó y miró a Mariana por última vez. —No voy a quitarte nada. No voy a vengarme. Pero tampoco volveré a confiar en ti. A partir de hoy, cada uno tendrá que enfrentar las consecuencias de sus decisiones.
Mariana se levantó llorando y quiso abrazarlo. —Andrés, por favor, perdóname. Yo todavía te amo. Él retrocedió lentamente y respondió: —No confundas mi perdón con una segunda oportunidad. Algún día quizás pueda perdonarte, pero nunca volveré a entregarte mi corazón.
Daniel también se levantó. —Andrés, yo sé que te hice daño. Pero quiero que sepas que cuando descubrí lo que estaban planeando, intenté detenerlo. Andrés lo miró y dijo: —Tú también tendrás que responder por tus decisiones. Pero al menos hoy decidiste decir la verdad.
Minutos después, la puerta del restaurante volvió a abrirse. El hermano de Andrés entró con una expresión tranquila, sin imaginar que su secreto había sido descubierto. Caminó hacia la mesa y sonrió.
—¿Qué pasa, hermano? ¿Por qué me llamaste con tanta urgencia?
Andrés se levantó lentamente. Sobre la mesa colocó el teléfono con la grabación de la llamada todavía abierta. La sonrisa del hermano desapareció inmediatamente.
—Porque quería darte la oportunidad de explicarme por qué querías quedarte con mi empresa… y por qué utilizaste a mi esposa para hacerlo.
El hombre quedó completamente inmóvil. Mariana comenzó a llorar nuevamente. Daniel observaba en silencio. Y Andrés, después de tantos meses de engaños, comprendió algo que jamás olvidaría.
A veces la traición no viene de un enemigo. Viene de las personas a las que les abriste las puertas de tu casa, de tu corazón y de tu vida. Andrés salió del restaurante sin mirar atrás, dejando a los tres responsables enfrentando las consecuencias de sus actos.
Pero cuando llegó a su automóvil, encontró un sobre debajo del limpiaparabrisas. Lo abrió y sacó varias fotografías. En ellas aparecía Mariana reunida con alguien más, meses antes de conocer a Daniel.
Andrés observó la última fotografía y quedó completamente helado.
—No puede ser…
Porque el hombre que aparecía junto a Mariana en aquella imagen no era Daniel, ni era su hermano. Era alguien que Andrés conocía perfectamente… y que llevaba años creyendo que estaba muerto.